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Javier García Moritán

El estudio de los santos, como aquellos hombres ordinarios que auguraron un sentido que los trascendía y que pusieron sus vidas al servicio de un amor que los arrastraba y les permitía al mismo tiempo concretar sus posibilidades más singulares, nos ofrece un legítimo camino en pos de alcanzar la autonomía individual y, desde ese lugar, aspirar a una inédita realización colectiva.

La santidad trata de la apertura a una realidad, no empírica, que hace al hombre común y corriente experimentar, contra toda heteronomía, su más singular posibilidad y transgredir  de modo misterioso las fronteras naturales de su limitación. Dicha potencia, pareciera ser  vislumbrada casi con certeza por los santos y es quizás uno de los rasgos más diferenciales respecto al resto de los mortales. Es que sin atribuirse para sí ninguna  capacidad superior, hacen presentes en su ser —o en realidad van dejando curso para que éste ser surja—, y lo despliegan con la coherencia propia de un sujeto que aprende a conocerse a sí mismo. Esta lucidez se desarrolla con tal radicalidad, que intuyen que sólo dejándose transformar por una fuerza trascendente consuman aquello que late en lo hondo, presente en todos los individuos, cuyo íntimo susurro señala una misión particular, un camino a recorrer y da a saber una posibilidad única e ineluctable que lo empuja a su concreción.

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Heidegger en Selva NegraEn este artículo abordaremos la batalla crucial que se juega en el campo de nuestra intimidad: si vivimos nuestra vida de manera propia o vivimos la de los demás. Heidegger –más algunos aportes de Ortega y Gasset- nos permitirá comprender la angustia como un camino que singulariza. Dilucidaremos si nuestro ser es la mera reproducción de esquemas preconcebidos, o si desplegamos nuestra existencia con el sabor de la propiedad, es decir, si soy yo quien decide mis pasos. De lo contrario, la alternativa, será formar parte de un engranaje, una mera pieza descartable y por tanto reemplazable.